Artículo de Opinión

Diez mil pesos por la oscuridad

Natalie Ruiz Casado

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5 min de lectura
Diez mil pesos por la oscuridad
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Escrito por Natalie Ruiz Casado 

Yo no sé ustedes, pero a mí me llegó una factura de la luz que parecía escrita por Stephen King “El Rey del Terror”. Diez mil pesos: la abrí dos veces, por si era una carta de amor de Edenorte o de quien quiera que haya decidido que la fantasía también se puede facturar.

Diez mil pesos por una casa de dos habitaciones donde vivimos dos adultos, una bebé y dos perros viralatas que, dicho sea de paso, ninguno de ellos usan secador de pelo ni jacuzzi. Una casa donde viajamos constantemente a Santo Domingo por trabajo y por salud. Una casa donde el aire acondicionado solo se prende cuando el calor le gana el pulso al sueño de Catalina.

Pero aquí viene el chiste bueno… el atraco. ¡Nos cobraron la luz de un mes en el que casi no hubo luz! Julio fue una especie de ensayo general para vivir en el siglo XIX desde Cabarete. Los últimos dos sábados consecutivos nos dejaron (y nos seguirán dejando por dos sábados más), sin electricidad desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde. «Mantenimiento programado para ‘mejorar el servicio’», dijeron en sus redes sociales.

Qué curioso. En este país, para mejorar un servicio primero hay que desmejorartelo y cuando no era el apagón programado, llegaban los espontáneos. Una hora diaria, dos horas diarias, y hasta tres. Como si los apagones tuvieran horario “flex” como los planes de los celulares prepago. Mi pobre inversor ya no sabe si está trabajando o haciendo horas extras… Y mi leche materna congelada (eto’ si me duele), tampoco entiende de mantenimientos. Esa leche no sale de un polvo con fórmula, sale de madrugadas sin dormir, de sacrificios de una mamá que trabaja mucho, y guarda cada bolsita como si fuera oro líquido.

Pero aquí parece que el sistema eléctrico cree que las madres también tienen una planta eléctrica instalada en el pecho. Lo más ingenuo fue pensar que la factura iba a bajar. «Bueno», me dije, «si casi no hubo luz este mes y casi no estuvimos en la casa…» ¡Ay, Nati! Todavía una cree en Santa Claus y en las facturas lógicas – justas.

Lo que llegó fue un recibo tan alto, que por un momento pensé, que me estaban cobrando la luz del Palacio Nacional también, y entonces uno hace lo correcto: Llama, pregunta, reclama… Y ahí empieza el verdadero deporte nacional. “Tiene que pagar primero la mitad para hacerle el reclamo”. “Espere cinco días laborables para que vaya un técnico a ver”. Traducido al dominicano: «Mareo, mareo y después hablamos.» Porque aquí el sistema no está diseñado para resolver, está diseñado para ‘jartarte’, para que después de hacer cinco filas, llenar siete formularios y perder tres mañanas de trabajo, tú mismo digas: «¿Tú sabe’ qué…? Déjalo así.» Y ahí ganan. Siempre ganan. Lo que más me duele no son los diez mil pesos, es la costumbre.

Nos estamos acostumbrando a pagar por lo que no recibimos. Nos acostumbramos a prender una vela antes que un bombillo. A recibir chicle y menta en vez de nuestra devuelta porque no hay cambio. Nos acostumbramos a calcular cuánto dura el inversor o la planta en vez de cuánto durará la película. Nos acostumbramos tanto a la deficiencia… que ya hasta hacemos chistes y eso es lo me da miedo.

Porque el dominicano tiene una virtud preciosa: se ríe de todo. Pero también tiene un defecto peligroso: normaliza demasiado rápido el subdesarrollo, el “eso no e’ na”, el “dejalo asi”. Mientras tanto, la clase media sigue siendo el jamón del sándwich. No clasifica para ayudas. No tiene privilegios. No evade. Solo trabaja. Paga, y vuelve a pagar. Yo no sé quién podrá defendernos. ¿PROTECOM? ¿La Superintendencia? ¿El Chapulín Colorado? ¿Shakira?. Porque, siendo sincera, uno siente que está peleando contra un recibo que siempre gana por nocaut.

Hoy me tocó a mí, mañana será a ti, y pasado mañana alguien abrirá una factura igual de absurda mientras mira el techo preguntándose si de verdad vale diez mil pesos una luz que casi nunca vemos. 

Mi papá siempre me enseñó a pelear por lo justo y no dejar que nadie abuse de tus derechos.  Que cuando uno no tiene poder político, todavía le quedan las palabras, así que aquí estoy, desahogándome, porque en lo que Dios mete su mano o la Virgen de la Altagracia nos ayuda, yo todavía tengo los dedos, y mientras tenga dedos, tendré un teclado, y mientras tenga teclado, no pienso hacerle un apagón a mi voz.

La luz podrá irse, lo que no podemos dejar que se apague es nuestra capacidad de decir ¡coño, esto no está nada bien! 

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