Artículo de Opinión

El complejo de Guacanagarix versión ‘Temu’

Nati Ruiz

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4 min de lectura
El complejo de Guacanagarix versión ‘Temu’
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Por Nati Ruiz Casado

Hay una palabra que explica muchas de nuestras contradicciones como país: externalidad. No en el sentido económico del término, sino como esa tendencia cultural a valorar más lo que viene de afuera que lo que nace dentro de nosotros. Es como si admiráramos lo extranjero con lupa, mientras miramos lo propio a través de un espejo empañado. Esa actitud revela algo más profundo: un problema de identidad.
La República Dominicana nació de una afirmación clara de autonomía. Duarte, Sánchez y Mella no lucharon por una Patria donde el dominicano se sintiera visitante en su propia tierra. Sin embargo, a veces pareciera que caminamos hacia ese escenario. En lugares como Cabarete, donde conviven personas de muchas partes del mundo atraídas por la belleza del Caribe, se observa un fenómeno curioso: algunos llegan fascinados por este paraíso, pero terminan creyendo que también deben fiscalizarlo.


El problema no es la diversidad ni la llegada de extranjeros. La República Dominicana siempre ha sido tierra de acogida y esa mezcla ha enriquecido nuestra historia. El verdadero problema surge cuando el dominicano pierde confianza en lo propio y comienza a sentirse pequeño frente a lo externo. Entonces aparece una especie de “complejo de Guacanagarix versión ‘Temu’”: esa inclinación histórica a admirar al visitante hasta el punto de cederle el timón de la casa.


El Informe de Desarrollo Humano de 2005 lo explicó con claridad: cuando una sociedad deja de valorar lo suyo, comienza a creer que no tiene control sobre su propio destino. En ese momento cualquier voz externa se percibe como autoridad. Así se van cediendo espacios: primero culturales, luego simbólicos y finalmente cotidianos. Poco a poco terminamos adaptándonos en nuestro propio país como si estuviéramos de visita.


Incluso el idioma refleja este fenómeno. En muchos destinos turísticos el dominicano aprende inglés para comunicarse, lo cual es útil y admirable. Pero a veces pareciera que siempre somos nosotros quienes debemos adaptarnos. Esto plantea una pregunta simple: cuando viajamos a otros países, ¿quién se adapta a quién? En Alemania se habla alemán, en Francia francés y en Estados Unidos inglés. Entonces, ¿por qué en la República Dominicana, sobretodo en lugares como Cabarete, a veces sentimos que debemos pedir permiso cultural para ser dominicanos?


Esto no tiene nada que ver con la xenofobia. La hospitalidad forma parte esencial de nuestra identidad. Nuestro país ha sido hogar para personas de muchas nacionalidades que hoy son parte del tejido dominicano. Pero hospitalidad no significa renunciar a la identidad. Una cosa es abrir la puerta; otra muy distinta es entregar la casa.


La República Dominicana no es una casa en alquiler cultural. Es una Patria con una identidad propia: la del merengue, la de la Bachata, la que Juan Pablo Duarte soñó, la del mar Caribe, la conversación larga alrededor de un café, la risa estridente y la solidaridad abrumadora. Curiosamente, muchos extranjeros vienen a vivir aquí precisamente porque han descubierto el valor que nosotros a veces olvidamos.


Por eso el verdadero debate no es entre dominicanos y extranjeros. El debate es entre orgullo y complejo. Entre reconocernos como un país valioso o seguir creyendo que todo lo bueno siempre viene de afuera.
Quizás la lección sea simple: volver a mirarnos con claridad. Entender que lo de adentro también vale, y muchas veces vale más. Porque cuando un país reconoce su propio valor, nadie necesita venir a explicarte cómo debe ser.
La República Dominicana (la de Juan Pablo Duarte) no necesita permiso para existir.
Solo necesita recordarlo.

Nati Ruiz

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