Cuando evaluar al Gobierno no es medir el crimen
Alejandrina Sosa Marante
Cada vez que sale una encuesta en República Dominicana ocurre lo mismo: el país entra en modo interpretación. Que si la aprobación subió, que si bajó, que si la economía, que si Haití… Y por supuesto, la seguridad ciudadana.
Y es precisamente ahí, en la seguridad, donde hay un fenómeno interesante que rara vez discutimos: qué tan útil es medir la inseguridad únicamente desde la valoración del desempeño.
La encuesta de Gallup, publicada esta semana por Diario Libre, refleja que el 55 % de la población considera que la administración realiza un mal trabajo en seguridad ciudadana. Una cifra alta. Y aunque técnicamente la pregunta evalúa la gestión del Gobierno, el debate público suele traducir automáticamente ese resultado como evidencia de que vivimos en un país minado de crímenes.
Pero la pregunta que me trae hasta aquí quizás no es qué respondió la gente, sino qué exactamente se le preguntó.
Porque no es lo mismo preguntar:
“¿Usted se siente seguro?”
que preguntar:
“¿Ha sido víctima de un delito?”
o preguntar:
“¿Considera que el Gobierno está haciendo un buen trabajo en materia de seguridad ciudadana?”
Son preguntas distintas. Y producen respuestas distintas.
Cuando uno lleva la conversación al plano personal, la realidad parece menos lineal.
“¿Te han atracado recientemente?”
“¿Alguien cercano a ti ha sido víctima del hampa en los últimos 30 días?”
“¿Conoces un caso directo?”
Con frecuencia, la respuesta es no.
Y entonces aparece un pensamiento incómodo: ¿qué exactamente estamos midiendo cuando medimos percepción? Porque una cosa es la experiencia individual y otra muy distinta es el clima emocional colectivo, y mezclar ambos como si fueran equivalentes puede producir diagnósticos engañosos. Ahí está el matiz que suele perderse: la pregunta no obliga al ciudadano a pensar en lo que ha vivido, sino en lo que cree que el Gobierno ha hecho frente al problema.
Hoy la percepción pública ya no se construye únicamente desde lo vivido, sino desde lo consumido. La gente no necesita haber sido víctima de un delito para sentir miedo. Basta con abrir Instagram, TikTok o Twitter y encontrarse, antes del primer café de la mañana, con tres videos de atracos, dos titulares alarmistas y un panel de radio diciendo que “la delincuencia está fuera de control”.
El cerebro humano funciona así. Lo que vemos repetidamente, lo sentimos frecuente, aunque nuestra experiencia cotidiana no lo confirme. Por eso una pregunta centrada en evaluar la gestión del Gobierno puede terminar capturando muchas cosas al mismo tiempo: miedo, consumo mediático, ansiedad colectiva, clima político, viralidad digital e incluso estado de ánimo nacional. Pero no necesariamente experiencia criminal directa. El problema aparece cuando esa valoración política termina interpretándose como una medición objetiva de la inseguridad.
Cuando los resultados se presentan o analizan sin contexto, terminan funcionando más como termómetro emocional que como radiografía de seguridad ciudadana.
No es casualidad que muchas personas describan el país como “inseguro”, mientras mantienen intactas sus rutinas: van a la oficina, salen a cenar, hacen ejercicio al aire libre y llegan de madrugada a sus casas sin haber sufrido nunca un hecho delictivo reciente.
Eso no significa que las preocupaciones ciudadanas deban minimizarse. El miedo también es una realidad política y social. Cambia hábitos, modifica comportamientos
y afecta la calidad de vida.
Y suscribe este artículo quien, a raíz del rapto de una mujer en Alma Rosa II la semana pasada, ha estado más atenta a los retrovisores y a no desmontarse sola del vehículo en su casa después de las 9:00 p. m., pero también es la misma que en los más de 10 años que ha vivido en este país, jamás ha sido víctima del hampa común. Y ojo, reconozco mi privilegio y que no necesariamente representa a quienes viven una realidad distinta a la mía.
Si queremos entender seriamente el fenómeno de la criminalidad, quizás las encuestas y sus interpretaciones deberían diferenciar con más claridad entre percepción emocional, evaluación política y victimización directa. Porque no es lo mismo sentir miedo, desaprobar la gestión gubernamental o haber sido víctima de un delito. Y sin embargo, muchas veces terminamos interpretando esas tres cosas como si fueran equivalentes.
Y eso se vuelve más evidente cuando se compara con otros temas que sí parten de experiencias cotidianas concretas.
Sucede, por ejemplo, con la misma Gallup en cuestión de economía. Donde existe una pregunta sobre valoración de la economía nacional, la cual el 62.9% de los ciudadanos considera mala o muy mala. Y valoración de la economía personal, situada en un 43.9% como negativa.
Las redes sociales tienen un efecto particularmente potente: convierten casos aislados en sensación colectiva. Un video grabado en una esquina específica puede sentirse como un retrato nacional. Y mientras más impactante el contenido, más circula. Pero la economía, ay la economía, nuestra valoración no necesariamente responde a una inflación reportada por el Banco Central y replicada en medios, pero sí al delivery que antes parecía normal y ahora obliga a mirar dos veces el total. Una realidad que no aparece en tu timeline, pero sí en el bolsillo cada vez que vas a pasar la tarjeta.
Hoy convivimos con una paradoja curiosa: nunca habíamos estado tan expuestos al delito… y al mismo tiempo, muchas veces, nunca tan cerca de él únicamente desde la pantalla.
Quizás el verdadero desafío moderno no sea únicamente combatir el crimen, sino también aprender a diferenciar entre percepción social, evaluación política y experiencia estadística. Cuando una percepción comienza a instalarse, debería importarnos si nació de la realidad, de la repetición o del algoritmo, porque aquello que una sociedad cree sobre sí misma termina influyendo en sus decisiones, sus votos y sus gobiernos.
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