En el corazón de los puntos de droga: una mirada al oscuro negocio que consume vidas
Azul, amarillo y rojo: tres casas consecutivas, niños corriendo por las calles y un motorista que los esquiva. Las vecinas están en los frentes, conversando entre sí. Una mujer sube y baja mientras un motoconcho grita “¡Te llevo!” a todo el que pasa. Así es la escena que adorna la fachada del «Punto».
En República Dominicana, se conoce como «Punto» a los pequeños lugares de venta de droga.
Este, ubicado en un populoso barrio de Santo Domingo, existe como si fuera un mundo paralelo, dentro de cuatro paredes. Está en una casa colorida que contrasta con su lúgubre interior, empapado de un olor cuestionable. En un cuarto a la izquierda, personas consumen. En la amplia sala, hay colchones, y justo en el centro, sobre una mesa gigante, se ven montones de un polvo blanco. Un hombre está sentado, y a la izquierda, hay otros dos, mientras que a la derecha hay otro más. Todos están a medio vestir, como si fuera un código de vestimenta.




“La gente del DICRIM vinieron y se llevaron a ‘pal’”, dijo el hombre desde el centro de la mesa, como si fuese Jesús en la última cena.
Esa tarde, Hogar Crea Dominicano armó una carpa frente a este punto. Con música, un violinista en vivo y con sonrisas, los voluntarios, muchos de ellos rehabilitados, servían platos de domplines con paco fish, mientras trataban de conectar con los adictos para que se apoyaran en ellos y salir del consumo de drogas.
Según el informe mundial sobre drogas 2023 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el consumo de estupefacientes ha aumentado un 23% en la última década, llegando a 296 millones de consumidores, lo que representa el 5,8% de la población global entre 15 y 64 años de edad.
En República Dominicana, a pesar de la falta de estadísticas oficiales recientes sobre el consumo de drogas, el director ejecutivo de Hogar Crea, Julio Díaz, estima que el consumo ha aumentado un 30%, tomando en cuenta la creciente demanda de los servicios de la institución.
Esto cobra sentido al analizar las estadísticas de la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), las cuales indican que los casos de microtráfico en el país aumentaron un 2.78% en 2023 en comparación con el año anterior.
Hogar Crea Dominicano trabaja con las adicciones desde 1975, con 41 residencias de tratamiento funcionando a plena capacidad. Miles de adictos están en proceso de rehabilitación.
Es la única institución en su ámbito que posee tres hogares para mujeres, además de un hogar para niños y adolescentes.
El director explica que el alcohol y el tabaco, seguidos de la marihuana, son las drogas iniciales más comunes entre los pacientes tratados en las 41 residencias ubicadas en diversas localidades del país. Sin embargo, la droga ilícita de mayor consumo y más dañina para la salud de miles de dominicanos es el crack, responsable del 60% de los casos de adicción tratados en la institución.
Una triste lista de espera: Más de 400 personas esperan por la oportunidad de rehabilitarse
Debido al incremento en el consumo de drogas, Díaz explicó que actualmente unas 120 mujeres y al menos 300 hombres están en lista de espera para ser admitidos en los programas de rehabilitación. Sin embargo, la institución enfrenta un déficit cercano a los 100 millones de pesos, lo que limita su capacidad de expansión. Aunque reciben apoyo económico gubernamental y a través de bienes incautados, no es suficiente para cubrir la creciente demanda o habilitar más espacios físicos.
Díaz enfatizó la importancia de actuar con rapidez en estos casos: «Si esa decisión no se toma a tiempo, el interés de ingresar y dejar la sustancia puede desaparecer, y eso lleva a problemas como cárcel, salud o incluso criminalidad.» Para contrarrestar esta situación, Hogar Crea ha presentado un proyecto al Ministerio del Interior y Policía, con el objetivo de crear dos unidades más para adultos y una para menores. Aunque la institución cuenta con terrenos propios para ampliar sus servicios, carece de los recursos financieros necesarios.
Uno de los ejemplos tanto de los logros de Hogar Crea, como también de la importancia de actuar a tiempo es el testimonio de Pastor Pedro Valdés, quien luego de 10 años en el mundo de las drogas llegó a la institución.





«Mi mamá, buscando alternativas con mi problema, se encontró con esta institución. Yo tenía 20 y pico de años. Me lo comentó, y de manera voluntaria quise ingresar en ese tiempo. Duré 10 años en vicios, en el sector de San Carlos. Yo soy un ejemplo vivo de que realmente el que hace el tratamiento, como la institución se lo dice, va a salir de aquí como una persona útil a la sociedad. Eso es seguro”,
Hoy en día, Pastor Pedro Valdés tiene 37 años de casado, una familia con cuatro hijos y cinco nietos.
Actualmente el desafío de Hogar Crea Dominicano no es solo estructural, sino también humano. «Hay apenas unos doscientos psiquiatras en todo el país, y la mayoría de ellos están concentrados en áreas metropolitanas. Esto es alarmante, ya que el abuso de sustancias ha desencadenado brotes de psicosis, especialmente entre los jóvenes que consumen alcoholes artesanales como el clerén, que carecen de cualquier tipo de control de calidad,» agregó Díaz.
La situación ha llegado a que la presencia de «puntos» de consumo es vista como algo normal en los vecindarios, donde las autoridades se ven limitadas a actuar.
Además, los jefes de estos puntos suelen suplir las necesidades del barrio, lo que los convierte en líderes, casi en dioses, para los habitantes.
«Es difícil ver cómo estos jóvenes, muchos de los cuales solo buscan una salida, son sancionados como criminales cuando en realidad son enfermos que necesitan ayuda,» concluyó Díaz, resaltando la complejidad del trabajo que realizan en Hogar Crea.
Consumo de droga sigue ganando terreno, especialmente entre los jóvenes, y peor aún se está normalizando
Mientras la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) presume de haber decomisado, junto a otras autoridades, 30 millones de gramos de drogas en los últimos cuatro años, en contraste con los 3.2 millones de gramos ocupados en los cuatro años anteriores, el consumo sigue ganando terreno, especialmente entre los jóvenes, y peor aún se está normalizando.
Guido Ortiz Sánchez, de 20 años, llegó a uno de los 41 centros de rehabilitación luego de casi tocar fondo debido al consumo de drogas, lo cual lo llevaba a delinquir. Su madre, desesperada por encontrar una solución, lo hizo ingresar en la institución.
«No hay amigos, los verdaderos amigos son mamá y papá», dijo Guido mientras aconsejaba a los jóvenes que le hagan caso a sus padres.
En esa residencia, ubicada en la carretera Independencia del Distrito Nacional, viven 36 personas más. Con paredes pintadas de amarillo, un gran patio rodeado de árboles, varios perros, una cancha de baloncesto y un gimnasio improvisado, el lugar ofrece un ambiente de esperanza.
Esa mañana, al menos 18 hombres, de diferentes edades, participaban en un curso de reparación de electrodomésticos, como parte del apoyo que la institución ofrece para la reintegración social de los rehabilitados.
«Este es el negativo», le explicaba uno de los participantes a su compañero mientras le mostraba un cable de un abanico.
El día para ellos comienza a las 6 de la mañana con una terapia de espiritualidad. Luego, izan la bandera, desayunan y continúan con las demás terapias a lo largo del día, hasta acostarse alrededor de las 9 de la noche. Ellos mismos se encargan de los quehaceres del hogar, creando un ecosistema casi autosuficiente: cocinan, limpian y colaboran entre sí.
Guido comenzó a fumar cigarrillos siendo menor de edad, y luego pasó a la marihuana. Aunque juró que nunca probaría la cocaína, eventualmente cayó en esa droga. Hoy, tras un año y cuatro meses en la institución, ha logrado cambiar su vida.
“Casi toco fondo, sino hubiese tomado la decisión de cambiar mi vida no se sabe donde estaría ahora”, expresó.
El licenciado Víctor Arias, supervisor regional de tratamiento de Hogar Crea Dominicano, comentó desde el comedor que el mes pasado 25 jóvenes se graduaron de electricidad residencial y 18 más como técnicos en programación de computadoras.
A pesar del escaso apoyo financiero, la institución sigue adelante. Sin embargo, Arias destacó que el Estado no garantiza la reincorporación de estos jóvenes al mundo laboral, y muchos enfrentan el estigma de haber sido rehabilitados, lo que les complica encontrar empleo. Por ello, los talleres buscan desarrollar habilidades emprendedoras que les permitan valerse por sí mismos.
«Me siento súper bien», afirmó Guido con una gran sonrisa, mientras todos en la pequeña oficina contenían las lágrimas.