Las realidades económicas se están imponiendo alrededor del mundo. Uno tras otro, los países están permitiendo el reinicio de sus actividades productivas, dejando que la vida de la población recobre al menos parte de su normalidad. Se presume que esa reactivación responde a los progresos logrados en el control de la pandemia, y así ha sido en muchos casos, pero en algunos países la decisión ha obedecido más a las presiones provocadas por la falta de ingresos y las grandes pérdidas de las empresas.

Nuestra reapertura tuvo lugar a pesar de que varios expertos médicos recomendaron no hacerlo todavía. El curioso mecanismo de control aplicado, de abrir de día y cerrar de noche como si el virus no se propagara mientras el sol brillase, agotó los recursos económicos, y la paciencia, de familias y empresas. Después de dos meses de cierre ambivalente, con alzas y bajas en las cifras de los contagios que parecían reflejar más la cantidad de pruebas que la propagación efectiva, llegamos a un punto en que el número de transgresiones a las medidas crecía a ritmo acelerado.

La reapertura, aquí y en otros lugares, es esencialmente tentativa, una prueba para ver qué sucede. Si las cosas van bien, se pasará a la siguiente fase. Pero hay que entender que si la decisión de reabrir era complicada, la de volver a cerrar lo sería también, quizás más difícil aún. Las mismas presiones económicas y sociales que motivaron la reapertura actuarían para impedir restaurar el cierre. Tendría que haber un deterioro extremo en las condiciones de salud para que esa decisión pudiera tomarse. Y dada la proximidad de las elecciones, el componente de las sospechas políticas gravitaría con fuerza sobre la situación.

Para ampliar esta noticia: Click aquí

About Author

Diario del País

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *