Artículo de Opinión

Ya fue suficiente de heredar problemas que nosotros no creamos

Miguel Kasabdji

Miguel Kasabdji

19 min de lectura
Ya fue suficiente de heredar problemas que nosotros no creamos
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Venezuela no necesita regresar a 1998. Necesita entender por qué llegó a 1998.

Tengo 28 años. Nací en 1998.

En Venezuela eso es más que un dato biográfico. Es prácticamente una categoría política.

Nací el año en que Hugo Chávez ganó la Presidencia. Mi generación no conoció directamente la Venezuela que nuestros padres recuerdan. No vivimos su democracia en expansión, sus años de prosperidad petrolera ni aquella sensación de que el país podía ofrecer una vida mejor que la generación anterior.

Nos hablaron de esa Venezuela.

Nosotros conocimos otra.

Conocimos a Hugo Chávez. Conocimos a Nicolás Maduro. Y hoy conocemos a Delcy Rodríguez.

Y para quienes pertenecemos a mi generación, Delcy no puede entenderse simplemente como el comienzo de un capítulo distinto.

Su trayectoria atraviesa las dos etapas del poder que marcaron nuestras vidas.

Comenzó su carrera dentro del Estado durante el gobierno de Chávez. En 2006 fue ministra del Despacho de la Presidencia. Con Maduro ocupó algunos de los cargos más importantes del sistema: ministra de Comunicación, canciller, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, vicepresidenta, ministra de Finanzas y ministra de Petróleo. Desde 2026 encabeza interinamente el Gobierno venezolano. (CIDOB)

Por eso, desde la perspectiva de mi generación, Delcy Rodríguez no representa una ruptura entre Chávez y Maduro. Representa la continuidad política de un sistema que comenzó con uno, se consolidó con el otro y cuya estructura fundamental todavía no ha desaparecido.

No es únicamente una cuestión de personas.

Es una cuestión de instituciones.

De mecanismos de poder.

De una determinada relación entre el Estado, el partido, la justicia, las fuerzas de seguridad y el ciudadano.

Incluso después de la salida de Maduro en 2026, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de Naciones Unidas concluyó que buena parte del aparato represivo venezolano continuaba intacto, pese a algunas medidas de apertura, liberaciones y cambios adoptados bajo el Gobierno interino. (Reuters)

Esa realidad importa porque cambiar al ocupante de Miraflores no significa necesariamente cambiar el sistema.

Y mi generación ya ha aprendido esa diferencia.

Conocimos la crisis económica, el deterioro institucional, el éxodo, las familias separadas y esa extraña normalidad venezolana de crecer viendo marcharse a la gente.

Para nosotros, hacer una maleta no siempre significó viajar.

Muchas veces significó despedirse.

Aprendimos demasiado jóvenes palabras que nunca debieron convertirse en parte cotidiana del vocabulario de un país: escasez, hiperinflación, apagón, exilio, preso político, persecución.

Y durante años escuchamos una explicación sencilla para todo aquello:

Venezuela era una democracia próspera. Llegó Chávez. Y todo se destruyó.

Hay una parte cierta en esa historia.

Pero no es toda la historia.

Porque Hugo Chávez no cayó del cielo sobre una democracia perfectamente saludable.

Llegó a través de las urnas porque millones de venezolanos estaban dispuestos a romper con el sistema político que existía.

La pregunta incómoda que mi generación tiene derecho a formular es:

¿Por qué?

El pacto que salvó la democracia

Hay que empezar siendo justos con la historia.

El Pacto de Punto Fijo de 1958 no fue concebido como un acuerdo para apropiarse de Venezuela.

Después de la caída de Marcos Pérez Jiménez, Acción Democrática, COPEI y Unión Republicana Democrática acordaron respetar el resultado electoral, defender la constitucionalidad y crear unas reglas mínimas que permitieran que la democracia sobreviviera. La literatura histórica considera ese acuerdo una pieza importante en la consolidación democrática venezolana. (CIDOB)

Y funcionó durante mucho tiempo.

Mientras buena parte de América Latina atravesaba dictaduras militares, Venezuela celebraba elecciones competitivas, experimentaba alternancia presidencial y mantenía un sistema civil.

Eso merece ser reconocido.

Pero los sistemas políticos exitosos tienen un peligro particular:

pueden terminar convencidos de que su éxito es permanente.

Lo que comenzó como un acuerdo para proteger la democracia terminó desarrollándose dentro de un sistema extraordinariamente dominado por los partidos.

AD y COPEI llegaron a controlar buena parte de la representación política venezolana durante décadas.

El problema no era que Venezuela tuviera partidos fuertes.

Las democracias necesitan partidos fuertes.

El problema comenzó cuando los partidos dejaron de ser únicamente intermediarios entre ciudadanos y Estado y comenzaron a confundirse con el Estado mismo.

Cuando el partido entra al Estado

Durante buena parte de aquella democracia Venezuela era federal en el papel, pero enormemente centralizada en la práctica.

Los gobernadores eran designados desde Caracas.

Durante años los ciudadanos ni siquiera pudieron elegir directamente a quienes gobernaban sus estados.

Las estructuras nacionales de los partidos ejercían enorme influencia sobre quién podía convertirse en candidato, quién ingresaba en las listas electorales y quién avanzaba políticamente.

Eso crea un incentivo perverso.

Cuando la supervivencia de un dirigente depende más de quienes controlan la maquinaria partidista que de los ciudadanos a quienes representa, inevitablemente cambia la pregunta que orienta su conducta.

Deja de ser:

¿Qué necesita mi comunidad?

Y empieza a ser:

¿Qué necesita mi partido de mí?

Ese problema alcanzó también instituciones cuya independencia debería haber sido particularmente protegida.

La justicia.

También repartimos la justicia

Hoy sabemos lo devastador que resulta para una sociedad tener tribunales subordinados al poder político.

Pero sería históricamente falso afirmar que la politización de la justicia venezolana nació en 1999.

Ya existían problemas importantes.

La Venezuela democrática conoció el llamado cuoteo, mediante el cual las fuerzas políticas negociaban influencia sobre determinadas designaciones institucionales y judiciales.

Estudios sobre la evolución del Poder Judicial venezolano han documentado la influencia partidista sobre los mecanismos de selección y las vinculaciones políticas alrededor de la justicia durante el período anterior a Chávez. (CIDOB)

Esto debería preocuparnos incluso hoy.

Porque un Estado de derecho no comienza cuando un juez dicta una sentencia.

Comienza mucho antes.

Comienza cuando el ciudadano confía en que ese juez no debe su carrera política o profesional a la misma persona cuyo poder eventualmente tendrá que limitar.

Una democracia puede conservar elecciones mientras debilita lentamente los mecanismos que algún día necesitará para proteger esas mismas elecciones.

Ese fue uno de nuestros errores históricos.

Y aquí aparece una lección fundamental.

El chavismo no inventó todas las enfermedades institucionales de Venezuela. Encontró algunas de ellas, las aprovechó y después las llevó a dimensiones mucho más profundas.

Reconocer eso no disminuye su responsabilidad.

La hace más comprensible.

El petróleo permitió postergar demasiadas preguntas

Había además un elemento excepcional:

el petróleo.

Venezuela no era únicamente una democracia.

Era una democracia construida sobre un Estado que controlaba una extraordinaria fuente de riqueza.

Durante los grandes períodos de expansión petrolera, el Estado pudo construir infraestructura, financiar programas públicos, crear empresas, aumentar el empleo estatal y distribuir recursos entre diferentes sectores de la sociedad.

También pudo construir clientelas.

Ese modelo tenía un problema.

Mientras el dinero entraba, muchas fallas institucionales podían esconderse.

Una empresa ineficiente podía seguir funcionando.

Una burocracia innecesariamente grande podía continuar creciendo.

Una reforma políticamente incómoda podía posponerse.

Una estructura clientelar podía financiarse.

Una dirigencia podía confundir durante años prosperidad petrolera con buena administración.

Hasta que el dinero dejó de alcanzar.

Y entonces los problemas que habían permanecido ocultos comenzaron a hacerse visibles.

La sociedad empezó a hacerse una pregunta particularmente peligrosa para cualquier élite política:

Si Venezuela tiene tanto, ¿por qué nosotros tenemos cada vez menos?

La corrupción dejó de ser una excepción

Sería absurdo afirmar que todos los dirigentes de la democracia anterior fueron corruptos.

No lo fueron.

Venezuela tuvo servidores públicos, intelectuales, empresarios, líderes sindicales, dirigentes políticos y funcionarios que creyeron genuinamente en la democracia y trabajaron por ella.

También sería absurdo romantizar aquel período.

La corrupción se convirtió progresivamente en uno de los grandes elementos del desencanto ciudadano.

Escándalo tras escándalo fue reforzando la percepción de que existía una clase política con acceso privilegiado a un Estado gigantesco mientras la calidad de vida de una parte de la población se deterioraba.

La corrupción no creó por sí sola a Hugo Chávez.

Pero contribuyó a crear el lenguaje que Chávez utilizaría para llegar al poder.

La clase política.

Las cúpulas.

Los privilegiados.

Los corruptos.

Los mismos de siempre.

Aquellas palabras funcionaron porque encontraron una sociedad dispuesta a escucharlas.

Y esta es quizá una de las lecciones que más deberían inquietar a quienes hoy quieren reconstruir Venezuela:

los populistas rara vez inventan completamente el descontento que explotan.

Normalmente encuentran uno que las instituciones democráticas dejaron crecer.

El país estaba hablando y demasiados no escucharon

Probablemente allí estuvo uno de los mayores fracasos de aquella dirigencia.

Venezuela estaba hablando.

Y quienes administraban el sistema no escucharon suficientemente rápido.

La sociedad estaba cambiando.

Las ciudades habían crecido.

Habían aparecido nuevas clases medias.

Nuevos liderazgos regionales querían espacio.

Los ciudadanos querían mayor participación.

El país pedía descentralización.

Pero cualquier reforma que descentralizara el poder necesariamente reducía el control de quienes ya lo tenían.

Y las estructuras políticas suelen ser muy buenas diagnosticando los problemas que requieren que otros cedan poder.

Son mucho peores cuando la reforma exige que sean ellas las que cedan.

Finalmente Venezuela avanzó hacia la elección directa de gobernadores y alcaldes a finales de los ochenta.

Y ocurrió algo saludable.

Aparecieron nuevos liderazgos.

Se fortalecieron figuras regionales.

Se abrió parcialmente el sistema.

Se demostró que había una Venezuela política más amplia que las direcciones nacionales tradicionales.

La reforma funcionó.

Pero llegó tarde.

Esa es otra de las grandes ironías de nuestra historia.

El sistema tenía capacidad para reformarse.

Simplemente no lo hizo con suficiente velocidad.

1989 debió haber sido imposible de ignorar

Después llegó 1989.

Carlos Andrés Pérez regresó a la Presidencia cargando consigo el recuerdo de la Venezuela petrolera de su primer mandato.

Poco después comenzó un programa de reformas económicas que chocó brutalmente con las expectativas sociales existentes.

Llegó el Caracazo.

Más allá de sus causas inmediatas, aquello fue una advertencia brutal de la distancia que se había creado entre una parte de la sociedad y quienes dirigían el Estado.

Era imposible contemplar aquello y pensar que el contrato político venezolano seguía funcionando normalmente.

Tres años después llegaron los intentos de golpe de Estado de 1992.

Entre sus protagonistas estaba Hugo Chávez.

La democracia sobrevivió.

Pero algo extraordinariamente peligroso comenzó a ocurrir.

Un militar que había tratado de derribar por las armas a un Gobierno constitucional empezó a ser contemplado por parte de la sociedad como una alternativa política.

Eso debió haber provocado una transformación profunda dentro del establishment democrático.

Porque cuando una sociedad empieza a percibir a un golpista como una alternativa al sistema democrático existente, un demócrata responsable debe condenar el golpe.

Pero también debe preguntarse qué ocurrió para que tanta gente dejara de creer en las instituciones.

La respuesta de una élite no puede ser simplemente decir que el pueblo está equivocado.

Gobernar también significa entender lo que el país está diciendo antes de que el país grite.

La democracia todavía tenía anticuerpos

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental con lo que vendría después.

Aquella democracia tenía problemas graves.

Pero todavía conservaba mecanismos de autocorrección.

En 1993, Carlos Andrés Pérez fue separado de la Presidencia después de que avanzara judicialmente un proceso relacionado con el manejo de fondos públicos.

Eso importa.

El presidente de la República no estaba jurídicamente por encima de todas las instituciones.

Podemos discutir el contexto político de aquel proceso.

Podemos discutir los intereses existentes.

Pero las instituciones pudieron actuar contra el jefe del Ejecutivo.

Eso demuestra algo fundamental:

Venezuela todavía tenía una democracia capaz de reformarse.

La tragedia es que no la reformamos suficientemente.

Para 1998 ya no hacía falta ser experto para ver el deterioro

Las señales estaban en todas partes.

AD y COPEI perdían apoyo.

La identificación partidista se deterioraba.

Nuevas fuerzas aparecían.

Rafael Caldera, uno de los grandes arquitectos del sistema democrático venezolano y fundador de COPEI, regresó a la Presidencia en 1993 fuera del partido que él mismo había ayudado a construir.

Piénsese en el significado político de aquello.

Uno de los fundadores del sistema tuvo que separarse de una de las principales organizaciones del propio sistema para regresar al poder.

Eso era más que una anécdota electoral.

Era una alarma.

El país estaba diciendo:

esto ya no funciona.

Cinco años después llegó Chávez.

Y ganó.

No porque Venezuela se hubiese despertado súbitamente convertida en un país revolucionario.

Ganó porque una cantidad enorme de venezolanos había perdido la confianza en que los actores tradicionales pudieran cambiar algo.

Ahí comenzó el error siguiente.

Porque el rechazo al sistema terminó convirtiéndose en autorización para desmantelar sus contrapesos.

Chávez encontró las grietas y las convirtió en sistema

Hugo Chávez no creó todas las debilidades de Venezuela.

Las encontró.

Encontró partidos desprestigiados.

Encontró una sociedad desconfiada.

Encontró instituciones cuestionadas.

Encontró una cultura política demasiado acostumbrada al presidencialismo.

Encontró un Estado petrolero gigantesco.

Encontró una justicia cuya independencia ya había sido discutida.

Encontró centralización.

Encontró clientelismo.

Encontró ciudadanos cansados de los mismos dirigentes.

Y prometió acabar con todo aquello.

Pero en lugar de corregir esas debilidades, muchas fueron profundizadas.

El problema de la partidización no fue sustituido por una administración profesional del Estado.

El problema de la justicia no fue resuelto construyendo tribunales genuinamente independientes.

El problema del presidencialismo no fue corregido limitando al presidente.

El problema del clientelismo no desapareció.

Y el culto al liderazgo no fue sustituido por un culto a las instituciones.

Fue elevado.

Después llegó Maduro.

Y después de Maduro está Delcy Rodríguez.

Pero allí está precisamente la razón por la cual no considero que nuestra historia pueda dividirse de manera simple en tres gobiernos independientes.

Delcy formó parte del Estado bajo Chávez y llegó al centro del poder bajo Maduro.

Su carrera política atraviesa los dos períodos. (CIDOB)

Por eso, para mí, Delcy no representa el borrón y cuenta nueva que Venezuela necesita.

Representa una pregunta mucho más importante:

¿Puede existir una verdadera transición si cambian los nombres pero permanecen las estructuras?

Cambiar la persona no necesariamente cambia el sistema

La pregunta no es teórica.

En septiembre de 2026, expertos de Naciones Unidas señalaron que, pese a ciertas mejoras y medidas adoptadas después de la salida de Maduro, el aparato represivo fundamental del Estado venezolano continuaba sin una reforma estructural completa. (Reuters)

Ese dato debería ser central en cualquier discusión seria sobre Venezuela.

Porque nuestra obsesión nacional siempre ha sido preguntar:

¿Quién gobierna?

Quizá deberíamos comenzar a preguntar:

¿Cómo gobierna?

¿Quién controla a quien gobierna?

¿Qué institución puede decirle que no?

¿Qué juez puede investigar al poderoso?

¿Qué gobernador puede enfrentarse a Caracas sin ser asfixiado?

¿Qué funcionario puede negarse a cumplir una orden partidista?

¿Qué ciudadano puede demandar al Estado y confiar en que el juez no reciba instrucciones?

Eso es una república.

Todo lo demás son nombres.

Y ahora algunos quieren llevarnos otra vez al punto de partida

Aquí comienza el problema de mi generación.

Nací en 1998.

No tengo ninguna obligación sentimental de defender el sistema político que existía antes de mi nacimiento.

Tampoco tengo ninguna disposición a normalizar el sistema bajo el cual crecí.

Puedo reconocer que la Venezuela anterior a Chávez fue considerablemente más plural, competitiva y democrática.

Puedo agradecer a la generación que enfrentó dictaduras y construyó instituciones civiles.

Puedo reconocer sus conquistas.

Y también puedo preguntar por sus errores.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Porque la madurez política consiste precisamente en abandonar la necesidad infantil de dividir la historia entre santos y villanos.

Y por eso me sorprende que algunos parezcan imaginar que la solución al fracaso del chavismo consiste simplemente en regresar al elenco político que existía antes del chavismo.

Después de Chávez.

Después de Maduro.

Después de Delcy.

¿La conclusión de Venezuela será realmente regresar al mismo lugar desde donde comenzó toda esta historia?

Eso no sería reconstruir.

Sería completar un círculo.

No quiero elegir entre dos nostalgias

Algunos venezolanos sienten una profunda nostalgia por el país anterior a Chávez.

Lo entiendo.

Lo vivieron.

Representa su juventud.

Sus familias.

Su seguridad.

Sus oportunidades.

Sus recuerdos.

Pero yo no tengo nostalgia por una Venezuela que nunca conocí.

Mi generación no debería estar obligada a elegir entre el autoritarismo que conocimos y la nostalgia política de nuestros padres.

Quiero algo diferente.

Quiero mérito.

Quiero competencia.

Quiero instituciones.

Quiero descentralización.

Quiero jueces independientes.

Quiero partidos fuertes pero un Estado más fuerte que los partidos.

Quiero funcionarios que sepan que administran temporalmente algo que no les pertenece.

Quiero políticos capaces de abandonar un cargo.

Quiero una sociedad en la que perder una elección sea una derrota política y no una sentencia de muerte.

Quiero un país donde nadie tenga que conocer al ministro, al gobernador o al jefe del partido correcto para poder prosperar.

Quiero una Venezuela aburridamente institucional.

Porque después de tantos salvadores, quizá lo revolucionario sea finalmente tener reglas.

Y tampoco basta con ser joven

Aquí mi generación debe tener cuidado.

Ser joven no te hace mejor.

No te hace demócrata.

No te hace competente.

No te hace honesto.

No te hace moderno.

Un político de 30 años puede reproducir exactamente las mismas prácticas de uno de 70.

Puede crear su propia camarilla.

Puede repartir cargos.

Puede premiar aduladores.

Puede perseguir críticos.

Puede enamorarse del poder.

Puede comenzar hablando de renovación y terminar preguntando cómo permanecer veinte años en el mismo cargo.

Por eso el relevo generacional que Venezuela necesita no puede reducirse a cambiar fechas de nacimiento.

Tiene que cambiar la relación con el poder.

Quiero una generación capaz de decir:

Si algún día gobernamos, también queremos instituciones capaces de detenernos.

Eso sí sería nuevo.

Queremos jueces independientes incluso cuando fallen contra nosotros.

Queremos prensa libre incluso cuando nos critique.

Queremos una oposición fuerte incluso cuando nos incomode.

Queremos gobernadores autónomos incluso cuando pertenezcan a otro partido.

Queremos instituciones electorales independientes incluso cuando podamos perder.

Queremos límites constitucionales incluso cuando nos impidan hacer algo que creemos conveniente.

La democracia no se demuestra cuando las reglas te ayudan.

Se demuestra cuando las reglas te detienen y las respetas de todas maneras.

Ya fue suficiente

Mi generación heredó una discusión que comenzó antes de que naciéramos.

Heredamos los errores de la democracia anterior.

Heredamos las consecuencias del chavismo.

Heredamos a Chávez.

Heredamos a Maduro.

Y heredamos ahora un sistema encabezado por Delcy Rodríguez que todavía tiene por delante la tarea de demostrar, con reformas institucionales verificables, cuánto está realmente dispuesto a distanciarse de las estructuras de poder de las que ella misma formó parte. (Reuters)

Heredamos instituciones debilitadas.

Heredamos una economía golpeada.

Heredamos familias dispersas por el mundo.

Heredamos resentimientos anteriores a nosotros.

Heredamos peleas que comenzaron cuando éramos niños.

Y ahora algunos también quieren que heredemos sus enemigos.

Ya fue suficiente.

No creamos estos problemas.

Pero cometeríamos un error enorme si utilizáramos eso como excusa para no asumir responsabilidad sobre lo que ocurra después.

No somos responsables del país que recibimos.

Sí seremos responsables del país que entreguemos.

No quiero reconstruir un museo

Cuando alguien habla de reconstruir Venezuela, yo no imagino colocar nuevamente todas las piezas donde estaban el día anterior a que Chávez llegara al poder.

Eso sería reconstruir un museo.

Quiero construir un país.

Uno donde ningún partido pueda repartirse tribunales.

Donde el Gobierno no pueda decidir quién es culpable antes que un juez.

Donde el empleo público no dependa de fidelidad política.

Donde el petróleo financie instituciones y no obediencia.

Donde el empresario compita por ser mejor y no por tener el contacto correcto.

Donde Caracas no decida absolutamente todo.

Donde un gobernador tenga poder real.

Donde un alcalde tenga recursos reales.

Donde un ciudadano tenga derechos frente al Estado.

Donde un presidente sepa que su poder termina en alguna parte.

Donde ningún venezolano vuelva a creer que necesita un hombre —o una mujer— providencial para salvarlo.

Quizá esa sea la gran lección que conecta todas nuestras etapas políticas.

Venezuela ha confiado demasiado en personas y demasiado poco en instituciones.

Cambiaron los nombres.

Cambiaron los partidos.

Cambiaron los uniformes.

Cambiaron los colores.

Cambiaron los discursos.

Pero demasiadas veces sobrevivió la misma idea:

que llegar al poder significa controlar el Estado.

Eso es precisamente lo que mi generación tiene que romper.

Tengo 28 años.

Nací con Chávez.

Crecí con Maduro.

Y llegué a mi adultez viendo a Delcy Rodríguez encabezar el Estado.

No quiero pasar los próximos 28 años discutiendo quién tiene derecho a recuperar la Venezuela que perdió.

Quiero construir una que todavía no existe.

No quiero volver a la Venezuela de nuestros padres.

Tampoco quiero perpetuar la Venezuela en la que crecimos.

Quiero construir la Venezuela de nuestros hijos.

Y para hacerlo tendremos que ser suficientemente honestos para reconocer algo:

Venezuela no necesita encontrar nuevos dueños.

Necesita dejar de tenerlos.

Después de una generación completa heredando las consecuencias de decisiones que no tomó, ya fue suficiente.

Nuestra tarea no es regresar.

Nuestra tarea es conseguir, por primera vez en mucho tiempo, que Venezuela avance sin tener que empezar otra vez desde cero.

Miguel Kasabdji

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