Reflexiones de Semana Santa
Roberto Ángel Salcedo
Roberto Ángel Salcedo Sanz, actual Ministro de Cultura de la República Dominicana
Al llegar la más importante semana del calendario cristiano, la de mayor peso espiritual y litúrgico del año, somos convocados a la tranquilidad; a unas horas de mayor distensión y sosiego, donde, al compartir con los nuestros en intimidad, el ejercicio reflexivo puede volverse más funcional y beneficioso.
Reflexión primera: detenernos
Vivimos en una cultura que glorifica y estimula la prisa, la brevedad y la inmediatez. El ciudadano moderno gestiona intempestivamente y con celeridad el trabajo, los compromisos y, lo más preocupante, con rasgos de adicción, las redes sociales.
La Semana Santa llega como una interrupción necesaria, un factor de ralentización en la carrera infinita que hemos hecho de lo ordinario y cotidiano. Detenernos no es perder el tiempo; es recuperarlo. Es en la calma donde descubrimos qué cosas de nuestra vida merecen realmente la velocidad que propiciamos y cuáles hemos estado persiguiendo por inercia o por miedo a quedarnos solos con nosotros mismos.
Esta semana, antes de desplazarnos hacia la playa, al río, a la montaña, a la iglesia o, simplemente, permanecer en la quietud de la ciudad desolada, vale la pena sentarse un momento y preguntarse: ¿hacia dónde voy, y por qué?
Reflexión segunda: el perdón
Hay escasas situaciones que resulten más difíciles en la vida que mirar a alguien a los ojos y decirle, sencillamente: “me equivoqué, te fallé, lo siento”. Nuestra cultura, a veces, confunde el orgullo con la fortaleza y proyecta el perdón como debilidad. Pero la verdad es exactamente contraria. Quien presenta las excusas y el perdón con genuicidad ha roto las cadenas de la opresión interna, ha tenido que vencerse a sí mismo primero, le ha conferido el justo valor a la amistad o a la relación lacerada y eso exige más valentía que cualquier confrontación.
Esta semana, sin dudar, ofrece una buena excusa para hacer esa llamada que hemos postergado, para enviar el mensaje que aún guardamos en borrador, sería el momento idóneo de cruzar ese espacio de división que nos ha condenado a la distancia y expresar lo que el silencio ha auscultado demasiado tiempo en nuestros corazones.
En el poder de las buenas palabras, como la iniciativa que hemos estado promoviendo desde el Ministerio de Cultura, estaría el restablecimiento del puente interrumpido, ahora fortificado sobre las bases del perdón.
Reflexión tercera: honestidad
Hay una conversación que muy pocos se atreven a tener: la que se sostiene en completa soledad, frente al espejo, sin excusas, sin público ni reflectores. La conversación desde la lógica de la más absoluta honestidad, la franqueza despojada de esos ‘adornos’ que solo conducen a justificaciones. ¿Estoy siendo la persona que quiero ser? ¿Estoy viviendo de acuerdo con mis valores o solo con mis conveniencias? ¿A quién le estoy fallando?
Mario Benedetti dijo, en una de sus expresiones más resueltas: “uno envejece cuando comienza a preferir la comodidad a la verdad”. La Semana Mayor, con su pausa obligatoria, brinda espacios sobrados y, a su vez, pertinentes para esa honestidad incómoda y liberadora. No para flagelarse, sino para corregir el rumbo con serenidad y determinación.
Reflexión cuarta: la naturaleza
Nuestro país es uno de los lugares donde mejor se manifiesta la biodiversidad. Tenemos montañas que estimulan el aire puro de la placidez; ríos que escapan del ruido y llegan al impetuoso mar abrazados a sus olas; costas de una belleza sinigual que nos convocan a la admiración. República Dominicana es un paraíso terrenal que merece la contemplación de cada uno de sus rincones.
En estos días de asueto, salir al campo, al río, conectarnos con la naturaleza que nos rodea, no debería ser solo propósito turístico, que de entrada sería muy provechoso, sino también de gratitud y compromiso. Somos herederos de una tierra extraordinaria que estamos obligados a proteger. La conciencia ambiental no es un lujo de países ricos; es una deuda moral con las generaciones porvenir.
Reflexión quinta: la solidaridad
El dominicano tiene en la solidaridad uno de sus rasgos más auténticos y hermosos. En los momentos difíciles, por ejemplo, las copiosas lluvias que comprometen al barrio, la enfermedad que golpea una familia, las situaciones personales que podrían alterar la convivencia entre parejas, amigos, etc. Aparece ese instinto colectivo de arrimar el hombro sin que nadie lo pida. Lo presurosa de la vida no debe dejarnos desprovistos de esa característica tan humana y sensible.
La solidaridad debe constituirse en una práctica cotidiana: con el vecino que lucha sin estridencia, con el compañero de trabajo que está al límite, con el desconocido que necesita una orientación, una palabra de fuerza, fe y amabilidad. La solidaridad no debería ser solo una reacción ante el desastre, sino una forma permanente en el discurrir de nuestro días.
Reflexión sexta: resucitar en lo pequeño
La Semana Santa se completa con el Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua, este ciclo marca en rigor el inicio del tiempo pascual y celebra la resurrección de Cristo como fundamento de la fe cristiana.
Al hablar de resurrección, podemos propiciarla desde una relación más armoniosa con Dios, resucitar en hechos modestos pero concretos, como hablar con más paciencia, cumplir la palabra empeñada, separar lo importante de lo urgente y actuar en consecuencia.
Resucitar en el ejemplo necesario; en el trabajo que dignifica, en el que agrega valor; en la sonrisa inocente que busca empatía; en el brazo sincero que revitaliza; en el consejo solícito que presta colaboración.
Esta semana terminará, pero lo que decidamos con nuestras reflexiones podría acompañarnos el resto del año. Esa es, quizás, la única resurrección que depende enteramente de nosotros.
Reflexión séptima: el regreso
La Semana Santa no exige cambios de vida en siete días; pide algo más discreto y profundo a la vez: que regresemos a ella con una mirada reconstruida. Que regresemos a la cotidianidad con mayor sentido de la paciencia y la prudencia, con alguna conversación pendiente concluida, con una deuda emocional saldada, con la decisión sigilosa de ser más coherentes entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.
Que al terminar esta semana, cada uno pueda certificar, con honestidad y esperanza, que algo pequeño pero real ha cambiado por dentro. Ese es el verdadero sentido de cualquier pausa sagrada: no escapar de la vida, sino volver a ella con más luz.
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