Artículo de Opinión

Entre Pacheco y El Piro

Andrés Vander Horst Álvarez

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4 min de lectura
Entre Pacheco y El Piro
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Por: Andrés Vander Horst Alvarez


El reciente intercambio televisado entre Alfredo Pacheco, presidente de la Cámara de Diputados y uno de los dirigentes políticos dominicanos con mayor trayectoria electoral, y el comentarista conocido como El Piro, representa mucho más que una discusión entre dos figuras públicas. Es una fotografía de una de las grandes transformaciones políticas de nuestra época: la tensión entre la legitimidad construida durante años dentro del sistema democrático y una nueva forma de influencia basada en audiencias, la viralidad y la presencia digital.


Desde hace más de diez años he venido reflexionando en mis columnas y publicaciones bajo #JovenPolítico sobre un desafío que enfrentan las nuevas generaciones de dirigentes: la tentación de abandonar el terreno de la política para competir en el de la popularidad inmediata.
Las redes sociales han traído enormes beneficios. Han democratizado la conversación pública, han abierto espacios de fiscalización ciudadana y han obligado a los dirigentes a ser más cercanos y transparentes. Ignorar ese cambio sería un grave error.


Pero también sería un error confundir la influencia con la legitimidad.


Moisés Naím, en su libro El fin del poder, explica que vivimos una época donde el poder es más fácil de obtener, más difícil de ejercer y mucho más fácil de perder. Las instituciones tradicionales —gobiernos, partidos, empresas y organizaciones— enfrentan hoy nuevos actores capaces de cuestionar estructuras que tardaron décadas en construirse.


Ese cambio es real y necesario entenderlo. Sin embargo, una sociedad debe diferenciar entre quien genera conversación y quien asume responsabilidad pública.


Los likes no son votos. Los seguidores no son estructuras. Las visualizaciones no sustituyen la confianza democrática expresada en las urnas. La política, ejercida con responsabilidad, requiere mucho más que simplemente comunicar bien. Requiere organizar, escuchar, construir consensos, tomar decisiones difíciles y asumir las consecuencias de estas ante los ciudadanos.


Un comunicador puede señalar problemas, y esa función es importante en una democracia. Pero un dirigente político debe transformar problemas en soluciones, someter las propuestas al juicio ciudadano y responder por los resultados.


Por eso preocupa cuando los propios actores políticos, buscando victorias momentáneas, terminan debilitando las instituciones que sostienen la democracia representativa. Hoy vemos dirigentes y partidos acompañar movimientos que en otros momentos promovían reducir los recursos destinados precisamente a fortalecer los partidos, olvidando que las corrientes antipolíticas rara vez distinguen colores cuando comienzan a cuestionar la legitimidad del sistema.


Y aquí debemos hacer también una reflexión humilde quienes hemos participado en la vida pública, desde el gobierno o desde la oposición. Todos, en algún momento, hemos tenido la responsabilidad de alimentar aquello que después amenaza con debilitar los cimientos de la democracia.


Cuando la política con “P” mayúscula —la de las ideas, los proyectos de nación y las instituciones— se sustituye por la política con “p” minúscula, la de la complacencia inmediata, la reacción fácil y el cálculo de corto plazo, terminamos fortaleciendo precisamente aquello que mañana puede destruir lo que tomó décadas construir.


La historia latinoamericana ofrece suficientes advertencias. Países que debilitaron sus partidos no necesariamente consiguieron mejores democracias. En muchos casos abrieron espacio a la improvisación, al personalismo y a sociedades cada vez más divididas.


Si algo ha diferenciado a la República Dominicana frente a otros países de la región que enfrentan crisis políticas, económicas y sociales, ha sido precisamente la fortaleza de su sistema de partidos. Un sistema imperfecto, siempre necesitado de renovación, pero que ha garantizado estabilidad, alternabilidad y gobernabilidad.


El reto no es negar los nuevos tiempos. La política debe comunicar mejor, escuchar más y entender los nuevos espacios donde conversa la ciudadanía. Pero modernizar la política no significa convertirla en espectáculo.


El desafío del #JovenPolítico del siglo XXI no es convertirse en influencer. Es prepararse para ser un mejor servidor público. Las tendencias pueden ganar conversaciones de días, pero solo las instituciones sólidas y los liderazgos responsables pueden construir el futuro de una nación.

Andrés Vander Horst Álvarez

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