El problema no son los outsiders
Marina Santana
Los outsiders no llegan a la política de manera espontánea: Los produce el propio sistema.
Crecen donde los partidos tradicionales han ido perdiendo coherencia, identidad y credibilidad.
Cuando un partido promete una cosa y gobierna de otra; cuando condena una práctica mientras está en oposición y la justifica cuando llega al poder; cuando las alianzas contradicen sus propios discursos y los principios terminan subordinados a la conveniencia electoral, el ciudadano comienza a preguntarse: ¿para qué pertenecer a una estructura que ya no sabe exactamente qué representa?
En ese vacío es donde aparece el outsider.
Pero cuidado: ser un outsider no convierte automáticamente a nadie en una alternativa mejor.
Estar fuera de los partidos puede ser una ventaja electoral, pero gobernar un país exige más que capitalizar el desencanto.
Se necesita saber formar equipos, tener conocimiento del Estado, de las instituciones, saber consertar y, sobre todo, una visión coherente de país.
La historia está llena de ejemplos de figuras que llegaron prometiendo romper con todo y terminaron reproduciendo aquello que habían prometido combatir.
El verdadero desafío de la política dominicana no es detener a los outsiders.
Es preguntarse por qué los partidos están dejando de ser el lugar donde la gente encuentra respuestas.
Si las organizaciones políticas abandonan sus principios, cambian de posición según el viento y convierten la política en una permanente negociación de intereses, no tienen que preocuparse por quién viene de afuera: ellos mismos son quienes están empujando a sus electores hacia la puerta de salida.
Y quizás el fenómeno outsider no sea la amenaza para los partidos dominicanos, sino el espejo que les está mostrando en qué se han convertido.