El último adiós del migrante: cuando la madre se va 

El último adiós del migrante: cuando la madre se va 
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Para miles de migrantes venezolanos, la despedida de sus familiares ocurre entre llamadas, transferencias y trámites internacionales. Cuando la distancia impide regresar, el duelo se organiza a través de una pantalla.

Yuslenys, Emmy y Naydu, media hermanas, salieron de Venezuela hacia República Dominicana y Ecuador respectivamente, hace ocho años. La decisión no fue inmediata ni impulsiva; durante meses evaluaron alternativas, hablaron con familiares, calcularon cuánto dinero podían reunir y qué país ofrecía mayores posibilidades de empleo. Antes de irse habían presenciado escasez de alimentos e insumos básicos, hospitales sin insumos suficientes para atender enfermedades crónicas y protestas reprimidas y detenciones sin explicación.

 La salida no estaba asociada a un proyecto de crecimiento personal sino a la necesidad de sostener a quienes se quedaban. “Uno no se va porque quiere vivir afuera”, dice Yuslenys. “Uno se va porque quedarse se vuelve inviable, y alguien tiene que generar ingresos”.

Como ellas, millones de venezolanos se dispersaron por América Latina, Norteamérica, Europa y Medio Oriente. Algunos cruzaron fronteras caminando; otros vendieron propiedades o pertenencias para pagar un boleto aéreo. Muchos repitieron la misma frase al despedirse: “esto es temporal”

Yuslenys rehízo su vida en República Dominicana. Trabajó, construyó una rutina, formó redes. En 2018, su madre viajó a visitarla. Lo que parecía un derecho —poder reencontrarse— terminó convirtiéndose en un privilegio: Yuslenys estuvo presente cuando su madre enfermó y murió. Pudo acompañarla en el hospital, esperar la cremación y hoy conserva sus cenizas consigo. La despedida ocurrió en el mismo territorio donde había intentado empezar de nuevo.

Emmy y Naydu no tuvieron esa posibilidad.

Hace dos meses su madre, quien residía en Ecuador, comenzó a presentar complicaciones derivadas de la diabetes. Era atendida y acompañada por su esposo y por  miembros de la iglesia Testigos de Jehová, quienes asumieron su cuidado cotidiano. Tras varias consultas médicas, los doctores decidieron amputar dos dedos de su pie derecho para evitar que la infección avanzara. La operación aumentó la preocupación de las hermanas, que desde República Dominicana y otros países intentaron organizar una solución: pensaron en trasladarla, buscaron opciones para sacarla del país y reunirla con ellas.

Ninguna alternativa prosperó.

La visa no fue aprobada y la reciente intervención quirúrgica le impedía viajar. Tampoco podía regresar a Venezuela. Las decisiones dependían de permisos, tiempos médicos y trámites migratorios que no avanzaban al ritmo de la enfermedad. Su madre murió en Ecuador.

El 4 de febrero, en Riyadh, Arabia Saudita, Naydu Hernández recibió la llamada que había temido. “Yo sabía que estaba delicada”, explica. “Pero siempre crees que va a resistir un poco más, que vas a tener margen para viajar. Cuando me dijeron que ya no estaba, lo primero que pensé fue: no llegué”. 

Desde hacía años enviaba dinero para cubrir consultas, medicamentos y exámenes médicos. Su salario en el extranjero se había convertido en un soporte estable para su familia. Cuando ocurrió la muerte, tuvo que tomar una decisión inmediata sobre el uso de sus ahorros. El pasaje aéreo implicaba varios tramos y un costo elevado; los gastos funerarios exigían pagos urgentes. 

“Tenía que elegir entre viajar o pagar la cremación y todos los trámites”, dice. “No podía hacer las dos cosas. Y alguien tenía que resolver lo que estaba pasando allá”. Decidió quedarse y asumir los costos desde la distancia.

A partir de ese momento, el proceso de despedida estuvo mediado por llamadas, mensajes de voz y documentos digitales. Coordinó certificados médicos, autorizaciones legales, pagos en distintas monedas y permisos para el eventual traslado de las cenizas. “La muerte se vuelve papeleo”, afirma. “Te hablan de precios, de tiempos, de requisitos, cuando tú todavía no has entendido lo que pasó”. Cada gestión implicaba repetir la noticia ante funcionarios y empleados. “Es como decirlo muchas veces. Cada vez que lo explicas, vuelve a empezar”.

Mientras tanto, intentaba acompañar a su padre. “Yo quería abrazarlo”, recuerda. “Solo podía decirle: papá, estoy aquí. Pero estar ahí era una frase”. Las conversaciones eran breves y, en ocasiones, silenciosas. A veces ninguno encontraba palabras suficientes; otras veces hablaban de asuntos prácticos para evitar quedarse en la ausencia. Naydu mantenía el teléfono cerca durante todo el día y dormía con él en la mesa de noche. “Tenía miedo de perder otra llamada”, explica. “Sentía que si no contestaba de inmediato estaba fallando otra vez”.

La despedida ocurrió a través de una videollamada. Un familiar sostuvo el teléfono frente al ataúd. La conexión se interrumpía y la imagen se congelaba por segundos. “Yo miraba la pantalla tratando de grabarme cada detalle”, dice. “Pensaba: esta es la última vez que la veo. Y no podía tocarla”. Después vinieron los trámites para trasladar las cenizas de regreso a Venezuela.

Para Naydu, la muerte en el exilio es una carga física y económica:

“Estar lejos, sin poder moverme, y ellos por el tema de documentos y visa… todo se pone por las nubes”.

Atravesar una muerte desde otro país deja secuelas que no se ven a simple vista: agotamiento, ansiedad constante, papeleo interminable y la sensación de que el último adiós nunca fue completo.

En ese período, la rutina laboral continuó sin modificaciones visibles. “La gente asume que porque sigues trabajando ya pasó”, comenta. “Pero el proceso va por dentro”.

Después vinieron los trámites para trasladar las cenizas de regreso a Venezuela.

Desde la distancia, el proceso parecía una cadena interminable de requisitos. En la práctica significó entre tres y cuatro semanas de gestiones, múltiples desplazamientos y pagos acumulados. Cada documento debía apostillarse: certificado de defunción, certificado de cremación, constancias oficiales emitidas por el registro civil. Cada apostilla costaba alrededor de 30 dólares. Solo en certificaciones y notarizaciones el monto superó los 120 dólares. A eso se sumaron taxis y traslados entre oficinas públicas en distintas ciudades, que rondaron los 300 dólares adicionales.

La cremación costó 1,000 dólares. El permiso internacional para trasladar cenizas, otros 600. “Eso lo dijeron los sin corazón de la funeraria, aprovechándose de la ocasión”, recuerda Naydu. “Primero me dijeron: 1,000 la cremación y 600 el permiso. Todo por las nubes y yo lejos, sin poder moverme”.

Si se hubiese optado por trasladar el cuerpo completo, el costo ascendía a unos 4,000 dólares y un proceso estimado de veinte días, según le informaron. Incluso llevar las cenizas en cabina exigía tener previamente el boleto aéreo comprado y cumplir con todos los permisos sanitarios y consulares. Los vuelos disponibles entonces rondaban entre 950 y 1,100 dólares, con escalas obligatorias.

Cada cifra implicaba una decisión. Viajar o pagar. Resolver allá o intentar estar. “Tenía que elegir”, dice. “No podía hacer las dos cosas”.

En medio del proceso, Naydu revisó reseñas del hospital donde su madre estuvo ingresada. Encontró comentarios de familiares que denunciaban demoras en la entrega de medicamentos y falta de insumos. “Pasaron más de seis horas para mandar a comprar los medicamentos porque allí no había”, relata. “Cómo no quieren que digan que no hay medicamentos, tampoco dan la orden a los familiares”. Esa revisión no cambió el desenlace, pero intensificó la sensación de impotencia.

Atravesar una muerte desde otro país deja secuelas que no siempre se ven: agotamiento, ansiedad constante, papeleo interminable y la sensación de que el último adiós nunca fue completo.

Para la psicóloga Kris Viñas, este tipo de experiencia se enmarca en lo que se conoce como duelo transnacional. “Es el proceso de elaborar una pérdida cuando la persona en duelo se encuentra en otro país. No solo se enfrenta la ausencia física del ser querido, sino la imposibilidad de estar presente en el momento de la muerte o de participar en los rituales tradicionales”, explica.

A diferencia del duelo convencional, donde los velorios, los abrazos familiares y los rituales colectivos ayudan a construir un cierre simbólico, en el duelo transnacional la despedida suele estar fragmentada. “No es que duela más o menos”, señala Viñas. “Duele distinto”.

La distancia puede interrumpir el proceso natural de despedida y generar una sensación de irrealidad. “Muchas personas dicen: siento que no pasó. O se quedan atrapadas en el ‘si yo hubiera estado allá’. Esa culpa puede prolongar el proceso”, añade. En algunos casos, el migrante continúa funcionando —trabaja, cumple responsabilidades, envía dinero— mientras emocionalmente permanece en el país donde ocurrió la pérdida. Ese desdoblamiento puede derivar en ansiedad, insomnio o síntomas depresivos.

La psicóloga explica que cuando no es posible asistir al funeral, resulta útil crear rituales propios: encender una vela, escribir una carta, realizar una ceremonia simbólica. “El cerebro necesita un acto de cierre”, dice. También recomienda nombrar la culpa, hablarla y no reprimirla, así como apoyarse en comunidades migrantes que hayan atravesado experiencias similares.

Estimaciones recientes sobre la diáspora venezolana, aseguran que alrededor de 7,9 millones de venezolanos viven fuera de su país, lo que convierte a Venezuela en una de las mayores fuentes de migración del mundo. De ellos, aproximadamente el 85 % reside en países de América Latina y el Caribe, según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y la Plataforma Regional Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V).

La migración se pensaba como una pausa estratégica. Sin embargo, con el paso del tiempo, la distancia dejó de ser provisional y empezó a organizar la vida cotidiana. Las llamadas sustituyeron las visitas. Los envíos de dinero reemplazaron la presencia física. Y la enfermedad, cuando apareció, avanzó sin considerar fronteras.

Laura Briceño, residente en Porto Alegre, Brasil, atravesó una experiencia similar cuando su madre murió en Venezuela. Había emigrado 19 años antes y mantenía contacto frecuente por teléfono. Un año antes del fallecimiento había intentado ingresar al país por rutas irregulares en plena pandemia, enfrentando controles sanitarios, cierres fronterizos y trayectos inciertos. Esta vez evaluó las condiciones y decidió no viajar. “Tenía miedo de quedarme varada y no poder regresar con mis hijas”, explica. “Además, no tenía el pasaporte vigente. Todo se complicaba”.

Ninguno de sus tres hijos pudo trasladarse. Los costos superaban sus posibilidades inmediatas y no había vuelos directos. El velorio se realizó sin ellos. Un familiar colocó el teléfono sobre una mesa para que pudieran observar desde la distancia. “Escuchábamos los rezos, las voces de la gente que llegaba, pero era distinto”, dice Laura. “En nuestra cultura el abrazo tiene un peso importante. El abrazo organiza a la familia, sostiene. Por teléfono eso no ocurre”. Durante esos días mantuvo el celular encendido de manera constante. “Dormía pendiente de cualquier mensaje. Sentía que tenía que estar disponible, aunque no estuviera físicamente”.

Ambas historias se desarrollan en contextos distintos, pero comparten una misma limitación: la imposibilidad material de estar presentes en el momento de la muerte. Para millones de venezolanos que viven fuera del país, regresar implica resolver trámites migratorios, pasaportes vencidos, conexiones aéreas limitadas y costos que equivalen a varios meses de ingreso. La urgencia no elimina esos obstáculos. La muerte tampoco.

“Es estar de manos atadas”, resume Laura. “No es que no quieras ir. Es que no puedes”. Naydu describe una sensación de interrupción: “Siento que algo quedó suspendido, como si el proceso no se hubiera completado. No hubo ese último gesto. No hubo esa última mirada en persona”. Ambas continúan con sus rutinas, envían dinero, sostienen conversaciones periódicas con los familiares que permanecen en otros países y cumplen con sus responsabilidades laborales. Sin embargo, coinciden en que algo cambió en la forma en que entienden la distancia.

“Yo no estuve”, repite Naydu cuando intenta explicar lo que más pesa. Laura lo formula de otra manera: “La ausencia se duplica. Falta quien se fue y faltas tú en ese momento”.

La distancia, entonces, no es sólo geográfica. También estructura la manera en que se vive la pérdida. Y cuando el proceso termina, si es que termina, la pregunta permanece: qué significa despedirse sin haber estado allí.

El exilio reorganiza las despedidas. El cuerpo puede permanecer en un país, los hijos en otro y los documentos circular por un tercero. La familia se reúne por horarios y conexiones de internet. El último adiós ocurre a través de una pantalla sostenida por alguien más. La muerte sucede en un lugar específico; el duelo se distribuye en varios territorios al mismo tiempo.

La distancia no es solo geográfica. También estructura la manera en que se vive la pérdida. En el duelo transnacional, la ausencia no termina cuando se baja el ataúd o se entrega la urna. A veces queda suspendida, repartida entre países, vuelos cancelados y documentos sellados. Y entonces la pregunta permanece: qué significa despedirse sin haber estado allí.

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