El boom digital dominicano: cómo las redes, el poder y los algoritmos transformaron el periodismo

El boom digital dominicano: cómo las redes, el poder y los algoritmos transformaron el periodismo
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Ser dueño de un medio de comunicación —o de lo que hoy muchos llaman “un periódico digital”— se ha convertido en un nuevo símbolo de status e influencia en República Dominicana. Cada vez más políticos, empresarios y emprendedores intentan colarse entre los periodistas buscando influencia, poder y capacidad de presión. Basta comprar un dominio, crear una cuenta en redes sociales y comenzar a publicar noticias sin estructura editorial. Este hecho ha transformado radicalmente el ecosistema mediático del país: democratizó la palabra, multiplicó las voces y rompió el monopolio informativo de la élite tradicional. Pero también abrió una zona gris donde convergen precariedad, desinformación, dependencia política y una transformación radical de las audiencias.

Lejos de ofrecer una visión triunfalista de la digitalización, se ha creado un fenómeno marcado por contradicciones: mientras que nunca antes había existido tanta capacidad de publicar información, tampoco había existido un entorno tan vulnerable a la manipulación, la presión económica y la fragmentación de la credibilidad.

Todo parece indicar que la democratización de los medios desordenó el ecosistema. Uno de los puntos de coincidencia entre las fuentes entrevistadas es que el ecosistema digital rompió las barreras históricas de entrada al periodismo. La tecnología permitió que nuevos actores emergieran fuera de las estructuras empresariales tradicionales.

Uno de los rostros más visibles de esa transformación es Santiago Matías, conocido popularmente como Alofoke. Su irrupción no ocurrió solamente fuera de las redacciones tradicionales, sino también fuera del statu quo político, económico y mediático que históricamente dominó la comunicación en República Dominicana.

Proveniente de sectores populares y ajeno a las élites tradicionales, construyó desde YouTube y las redes sociales una audiencia millonaria capaz de competir —e incluso superar— a muchos medios tradicionales del país. Su ascenso refleja una de las grandes rupturas del ecosistema digital dominicano: por primera vez, una figura nacida completamente fuera de los circuitos tradicionales de poder logró construir influencia, capacidad de agenda pública y un conglomerado mediático propio basado en plataformas digitales, entretenimiento y conexión directa con las audiencias. Este auge no es casual ni espontáneo. Es el resultado de esa combinación de factores políticos, económicos y tecnológicos que vienen redefiniendo la comunicación pública en las últimas dos décadas. 


Mientras el Índice Chapultepec ubica a República Dominicana entre los países con mayores niveles de libertad de expresión en la región, dentro del ecosistema mediático persisten tensiones sobre regulación, sostenibilidad, credibilidad y lucha de poder.

La transformación del ecosistema informativo dominicano no solo se refleja en la expansión de los medios digitales, sino también en la manera en que la ciudadanía consume y valida la información. Una investigación de campo realizada por Lupa Research en mayo de 2026 evidencia que el acceso a las noticias sigue siendo una práctica cotidiana para la mayoría de los dominicanos, aunque marcada por una creciente fragmentación de la confianza y una percepción crítica sobre la calidad del contenido digital.

El estudio revela que el 74% de los ciudadanos afirma informarse sobre noticias nacionales, confirmando que el interés por la actualidad política, económica y social continúa siendo alto dentro de la población. Sin embargo, el consumo informativo ya no se concentra exclusivamente en los medios tradicionales, sino que ocurre dentro de un ecosistema híbrido donde conviven redes sociales, medios digitales, periodistas independientes y plataformas tradicionales.

Esa percepción conecta con el diagnóstico global del Reuters Institute Digital News Report 2025, que advierte que los medios tradicionales enfrentan “bajo compromiso, baja confianza y estancamiento de suscripciones digitales”, mientras las audiencias migran aceleradamente hacia plataformas sociales y formatos audiovisuales.

En República Dominicana, esa migración ocurre en un contexto aún más frágil: un mercado pequeño, altamente politizado y dependiente de la publicidad estatal. Así lo confirma el hallazgo más significativo del estudio realizado por  Lupa relacionado con la confianza. La investigación refleja que la credibilidad informativa se encuentra profundamente fragmentada. Un 25% de los encuestados asegura confiar más en periodistas reconocidos, mientras que un 23% deposita su confianza en redes sociales en general y un 20% en medios de comunicación tradicionales. Los medios digitales, como categoría institucional, apenas alcanzan un 13%. 

La percepción crítica hacia los medios digitales también queda reflejada en las principales preocupaciones ciudadanas. El 40% considera que el principal problema de algunos medios digitales es la difusión de noticias falsas, seguido por la falta de ética (36%), chantaje (24%) y falta de verificación (17%). Estos resultados sugieren que el cuestionamiento ciudadano no está dirigido al formato digital en sí mismo, sino a las prácticas editoriales y éticas asociadas a parte del ecosistema informativo actual.

En consecuencia, la investigación muestra una clara demanda social de regulación. Siete de cada diez encuestados respaldan algún tipo de control o regulación sobre los medios digitales, reflejando una percepción de desorden informativo y una preocupación creciente por la calidad, veracidad y responsabilidad del contenido que circula en plataformas digitales.


Persio Maldonado, director de El Nuevo Diario y presidente de la Sociedad Dominicana de Diarios; Cristal Acevedo, presidenta del Observatorio de Medios Digitales Dominicanos, el abogado Francisco Guillén, especialista en derecho administrativo y regulación económica y Miguel Otañez presidente del Centro de Análisis y Estudio de la Comunicación en República Dominicana, CAESCO.

Para entender el contexto actual es necesario repasar la historia reciente del periodismo dominicano, asegura Persio Maldonado, director de El Nuevo Diario. Recuerda que el periodismo fue fundamental en la consolidación democrática y en la apertura irreversible de las libertades públicas: “Yo te diría que la prensa fue muy compromisaria con el estado de libertad que pudimos construir después”.

“Yo te diría que la prensa fue muy compromisaria con el estado de libertad que pudimos construir después”, Persio Maldonado.

Esa afirmación no puede desligarse del complejo recorrido político y social de la República Dominicana durante el siglo XX. En la memoria colectiva dominicana todavía permanecen abiertas muchas de las heridas que dejaron la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, los golpes de Estado, la Guerra Civil de 1965 y los llamados “Doce Años” de Joaquín Balaguer. Son cicatrices que sobreviven en las conversaciones familiares, en la cultura política y en la forma en que la sociedad se relaciona con el poder, la libertad y la palabra pública.

Ese legado histórico, sostiene Maldonado, explica en parte por qué el periodismo dominicano mantuvo durante décadas una conexión casi simbólica con la defensa de la democracia. La prensa no solo narró la transición democrática: también ayudó a construirla. Y aunque hoy el ecosistema mediático enfrenta nuevas tensiones marcadas por la transformación digital, la fragmentación informativa y el auge de los creadores de contenido en redes sociales, el peso de esa historia todavía influye en la manera en que la sociedad dominicana entiende el valor —y también los riesgos— de la libertad de expresión.

Documental – Trujillo Después de Trujillo


Ese mismo peso histórico comenzó a convivir con una transformación radical del ecosistema comunicacional.

Es en ese contexto donde aparece lo que Cristal Acevedo describe como el fenómeno de los “mil periódicos”. En su investigación “Periodismo en la era de la transformación digital”, Acevedo documentó más de 650 medios digitales operando en República Dominicana para 2022. Hoy asegura que la cifra ronda los mil periódicos digitales registrados por el Observatorio de Medios Digitales Dominicanos. El crecimiento fue explosivo y, según Acevedo, uno de sus grandes detonantes ocurrió durante el gobierno de Danilo Medina (2012-2020), cuando desde la Dirección General de Comunicación, encabezada por el periodista y estratega Roberto Rodríguez Marchena, se impulsó fuertemente la inversión publicitaria en plataformas digitales.

Ese incentivo económico aceleró la aparición de nuevos portales informativos, proyectos independientes y estructuras mediáticas de bajo costo que encontraron en Facebook, YouTube, Instagram y posteriormente TikTok una vía directa para captar audiencias masivas. Pero también alteró las dinámicas tradicionales del periodismo. La competencia ya no se limitaba a investigar o informar mejor, sino a dominar métricas de atención: titulares más emocionales, publicaciones más rápidas, videos más cortos y contenidos diseñados para maximizar clics, reacciones y tiempo de visualización.

Pero el fenómeno evolucionó. En los últimos años —explica Acevedo— muchos medios ya no nacen solamente por razones económicas, sino también como herramientas de participación política, influencia social o posicionamiento ideológico.

“Es muy común encontrarse con personas que no son periodistas, pero crean un medio digital porque pertenecen a un partido político”, explica durante la entrevista.

La consecuencia ha sido una expansión sin precedentes de nuevos medios, pero también una dilución de las fronteras entre periodismo, activismo, propaganda y opinión. Esta explosión tecnológica también abrió un debate conceptual que todavía no tiene respuesta definitiva: ¿qué define realmente a un periódico digital?

La pregunta no es menor. Porque en República Dominicana el crecimiento del ecosistema digital ha sido mucho más rápido que la capacidad institucional, legal y académica para comprenderlo. Pero el gran dilema del periodismo digital no es únicamente tecnológico. También es económico. Acevedo pone sobre la mesa una relación directa entre las deficiencias financieras y la degradación del contenido. Cuando un medio no logra sostenerse económicamente, termina recurriendo al morbo, el sensacionalismo o las malas prácticas para generar tráfico y monetización.

La lógica del clic terminó transformando las prioridades editoriales del sistema mediático digital. “Si yo hablo de la Revolución Francesa me ven tres personas, pero si me quito la blusa me ven diez millones”, afirma la también maestra de periodismo al describir cómo las plataformas digitales y sus algoritmos comenzaron a recompensar el contenido más emocional, polémico o superficial por encima del periodismo de profundidad. Para ella, las métricas dejaron de ser simples herramientas de medición y pasaron a influir directamente en las decisiones editoriales: qué temas se publican, cómo se titulan, qué formato utilizan e incluso cuánto tiempo permanece una noticia en circulación.

El problema, sostiene, se agrava cuando aborda el tema de la publicidad estatal, que continúa siendo uno de los principales mecanismos de financiamiento mediático en el país. Y esa pauta, asegura, muchas veces no se distribuye por calidad periodística o alcance real, sino por afinidad política, negociación o control de determinados medios. Ese modelo genera una dependencia estructural que condiciona la independencia editorial y profundiza la fragilidad económica del ecosistema.


Uno de los elementos más sensibles surgidos en las entrevistas es la relación entre plataformas digitales y poder político.

Las fuentes coinciden en que gran parte del ecosistema digital dominicano opera bajo esquemas de financiamiento poco transparentes. Publicidad gubernamental, acuerdos políticos informales y contratos estatales se mezclan con estructuras mediáticas que muchas veces no diferencian claramente información, propaganda y opinión. 

La sostenibilidad económica aparece como uno de los grandes dilemas. Para Miguel Otañez, el crecimiento acelerado de los medios digitales no puede entenderse únicamente desde la expansión tecnológica o el auge de las redes sociales, sino también desde las estructuras de financiamiento que sostienen —o condicionan— la producción informativa. En la entrevista realizada para esta investigación, Otañez sostiene que la pauta gubernamental se ha convertido en uno de los principales soportes económicos de los medios:

“La pauta gubernamental es prácticamente un gran sostén de todo el ecosistema mediático en República Dominicana”, afirma.

A su juicio, las dificultades para monetizar contenido periodístico en internet han obligado a muchos a depender tanto de la publicidad estatal como de modelos basados en tráfico e interacción digital. Ese planteamiento coincide con datos recientes sobre el comportamiento del gasto publicitario estatal. Participación Ciudadana, al analizar la ejecución presupuestaria en publicidad del gobierno durante el primer cuatrimestre de 2024, encontró que este alcanzó cifras históricas, al sextuplicar su monto respecto al año anterior, pasando de RD$491 millones en el primer cuatrimestre de 2023 a RD$3,121 millones en el mismo período de 2024. Aunque en 2025 el gasto se redujo a RD$2,445 millones, la cifra continuó siendo considerablemente superior a la registrada en 2023 (Participación Ciudadana, 2025).

El analista explica que la economía digital ha transformado profundamente las prioridades editoriales de los medios. “Las noticias necesariamente no son las que te generan más tráfico, más interacción, por ende es muy difícil monetizar la noticia”, refiere. Esta lógica conecta con uno de los principales fenómenos observados en la transformación digital del periodismo: la subordinación progresiva de los contenidos periodísticos a las métricas de atención, viralidad y rendimiento algorítmico.

En ese contexto, Otañez considera que el modelo informativo ha entrado en un desequilibrio estructural. Mientras los medios necesitan producir contenido de interés público para cumplir su función democrática, las plataformas digitales premian formatos más emocionales, ligeros o diseñados específicamente para captar atención rápida. Esto dificulta la sostenibilidad de proyectos centrados en investigación, análisis o periodismo de profundidad.

Frente a ese escenario, el consultor plantea que la relación entre Estado y medios debe abordarse desde una perspectiva de responsabilidad pública y no únicamente política o comercial. Desde la organización CAESCO, defiende la idea de que el Estado puede apoyar económicamente a los medios, siempre que exista una evaluación del valor social de los contenidos producidos. “Estamos de acuerdo con que el gobierno apoye a todos los medios de comunicación económicamente hablando, desde el punto de vista de una pauta, sí y solo si esto cumple con una contabilidad social mediática”.

Bajo ese concepto, el también periodista propone que la inversión publicitaria estatal tome en cuenta cuánto contenido contribuye realmente a la construcción de ciudadanía, la educación y la conciencia pública. “Un medio de comunicación que logre elevar el contenido informativo, el contenido noticioso y el contenido que eduque, tiene que ser un medio que sea impulsado por el Estado, independientemente de la línea editorial que tenga”. El planteamiento introduce uno de los debates más complejos del periodismo contemporáneo en República Dominicana: cómo construir medios económicamente sostenibles sin comprometer su independencia editorial y cómo evitar que la dependencia de la pauta estatal termine condicionando la agenda informativa o debilitando la función democrática de la prensa.

Referencias

Participación Ciudadana. (2025, julio 1). Gasto en publicidad del gobierno aumentó más de 500% en el 2024. Participación Ciudadana. https://pciudadana.org/2025/07/gasto-en-publicidad-del-gobierno-aumento-mas-de-500-en-el-2024/


La política encontró en las plataformas digitales un nuevo sistema de influencia, mucho más veloz, menos costoso y considerablemente más difícil de fiscalizar que los modelos tradicionales de comunicación.

Uno de los elementos más sensibles surgidos durante las entrevistas realizadas para esta investigación es precisamente la relación entre ecosistema digital y poder político. Las fuentes consultadas coinciden en que una parte importante de los medios digitales dominicanos opera bajo esquemas de financiamiento poco transparentes, donde publicidad gubernamental, acuerdos políticos informales y contratos de comunicación terminan mezclándose con estructuras mediáticas que muchas veces no delimitan claramente la frontera entre información, propaganda y opinión.

Esto ocurre dentro de un contexto donde el crecimiento acelerado de los medios digitales no estuvo acompañado por una actualización proporcional del marco regulatorio. Para el abogado Francisco Guillén, el problema no es únicamente tecnológico o económico, sino también jurídico e institucional.

“El marco legal dominicano no evolucionó al mismo ritmo que el ecosistema digital”

Advierte al referirse a los vacíos existentes sobre responsabilidad editorial, transparencia financiera y circulación de desinformación en plataformas digitales. La ausencia de reglas claras produce un entorno híbrido y muchas veces ambiguo, donde proliferan proyectos mediáticos sin estructuras editoriales definidas, sin obligaciones de transparencia y con escasa diferenciación entre contenido periodístico, activismo político y comunicación propagandística. En consecuencia, el debate sobre la libertad de expresión comienza a convivir con nuevas preocupaciones vinculadas a la calidad informativa, la trazabilidad del financiamiento y la influencia indirecta de actores políticos sobre la conversación pública.

El problema, sin embargo, no puede entenderse únicamente desde una dimensión legal. También responde a una fragilidad estructural del propio ecosistema mediático. En un contexto donde la sostenibilidad económica del periodismo es débil y donde la monetización digital resulta limitada para contenidos informativos de profundidad, la dependencia política termina funcionando como un mecanismo indirecto de control editorial.

Las entrevistas realizadas evidencian que numerosos medios digitales sobreviven mediante relaciones de proximidad con sectores de poder político o económico, ya sea a través de contratos de publicidad estatal, acuerdos de comunicación estratégica o vínculos informales de apoyo financiero. Esa dependencia condiciona muchas veces las agendas editoriales, limita capacidades críticas y dificulta la construcción de independencia real dentro del ecosistema informativo.

Paradójicamente, mientras internet prometía democratizar la comunicación y ampliar el pluralismo informativo, también abrió espacios para nuevas formas de influencia política menos visibles y más difíciles de rastrear. La descentralización de la información multiplicó voces y plataformas, pero al mismo tiempo fragmentó controles, debilitó mecanismos tradicionales de verificación y creó zonas grises donde convergen intereses políticos, económicos y mediáticos sin suficientes niveles de transparencia pública.

En abril del 2024 el presidente Luis Abinader presentó ante miembros de la prensa nacional, diversos aspectos que integran el anteproyecto de Ley de Libertad de Expresión, Medios Audiovisuales y Plataformas Digitales, que buscaba actualizar la legislación vigente sobre la libertad de expresión.

Mientras el ecosistema digital crece sin pausa, el marco legal dominicano intenta ponerse al día con una realidad que cambia más rápido que las leyes. Iniciativa que se encontró de frente con el rechazo y el respaldo de distintos sectores de la sociedad dominicana. Guillén considera que uno de los principales problemas del modelo actual es que la legislación dominicana no evolucionó al mismo ritmo que la transformación digital. “Más que quedar obsoleta, realmente la ley no cumple con todos los requerimientos de una ley actualizada en función de la nueva dinámica económica, política, institucional y de la comunicación, tanto en medios digitales como en medios tradicionales que han transicionado a la digitalización”, dijo.


Miles de voces compiten cada día por atención, influencia y poder dentro de plataformas donde la velocidad suele imponerse sobre la reflexión. El problema no es que existan más voces. El problema es que, en medio del ruido, cada vez resulta más difícil distinguir dónde termina el periodismo y dónde comienzan los intereses políticos, económicos o personales.

El poder entendió rápidamente que ya no necesita controlar grandes medios para influir en la conversación pública. Hoy puede hacerlo desde estructuras digitales mucho más fragmentadas, flexibles y menos visibles. Y en ese escenario, parte del periodismo también ha cedido terreno: algunos comunicadores cambiaron distancia crítica por cercanía con el poder; otros sustituyeron investigación por militancia, presión o espectáculo. Mientras tanto, el chantaje, las campañas de descrédito, las demandas judiciales y la propaganda disfrazada de información comenzaron a normalizarse dentro del ecosistema digital.

República Dominicana entra así en una nueva etapa de su historia mediática: una democracia con más libertad para comunicar que nunca, pero todavía sin consensos claros sobre responsabilidad, transparencia y límites éticos. La regulación sigue pendiente. La credibilidad también. Y quizás el mayor desafío no sea tecnológico ni legal, sino moral: decidir si el periodismo dominicano quiere convertirse únicamente en un negocio de influencia y algoritmos, o seguir siendo un contrapeso real frente al poder.

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