Buenas prácticas periodísticas vs el chantaje mediático

Buenas prácticas periodísticas vs el chantaje mediático
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La democratización de plataformas digitales, los podcaster, creadores de contenido, líderes de opinión y otros perfiles del mundo de la comunicación, han puesto el ejercicio periodístico a prueba. El periodismo es, tal vez, una de las profesiones más antiguas del mundo, a veces poco valorada e incluso irrespetada, por eso Gabriel García Márquez dijo: “Aunque se sufra como un perro, no hay mejor oficio que el periodismo”. 

Nuestra profesión periodística se enfrenta a desafíos sin precedentes en América Latina, y República Dominicana no escapa de ellos, podemos iniciar hablando de la censura y sus diversas presentaciones, hasta los bajos salarios de los periodistas. Pero también hay otros desafíos que ponen en tela de juicio no solo la credibilidad de algunos medios, sino el mismo concepto de ética en la información. Mientras un sector de la prensa se rige por principios de objetividad, veracidad y compromiso con la sociedad, existen periodistas o comunicadores que optan por prácticas cuestionables, como el chantaje.

El periodismo ético se basa en la premisa fundamental de informar con responsabilidad. La buena práctica periodística no solo implica la verificación de fuentes y datos, sino también el respeto por la dignidad de las personas involucradas en las noticias. Cuando los medios se adhieren a estos principios, contribuyen a fortalecer el debate público, promoviendo la transparencia y la rendición de cuentas en los espacios de poder. 

Pero vemos, leemos y escuchamos, cada vez con más frecuencia, que el uso del chantaje dentro del ejercicio de la comunicación se presenta como una forma de manipulación que atenta directamente contra la integridad informativa. La Real Academia Española define el chantaje como “la presión que se ejerce sobre alguien mediante amenaza”. Este mecanismo es utilizado al hacer público comentarios que perjudican, a fin de obtener de esa persona, empresa o institución pública, dinero, o peor aún, dañar por conflictos de intereses. Esta práctica vulnera los derechos fundamentales tanto de los implicados como de la sociedad, al transformar la información en un arma. 

Definitivamente, un periodista, comunicador, influencer o líder de opinión con acceso a un micrófono o teclado, tiene derecho a tener posiciones, porque eso es vivir en democracia. Lo reprochable es cuando esas posiciones tienen fines dañinos enlazados a sus intereses personales. Eso es directamente proporcional a la corrupción gubernamental.

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